La presidenta de Chile tiene problemas con los agricultores.

Por Horacio R. Brum

Hace una semana, varios miles de ellos se reunieron en la principal ruta que une las zonas agrícolas con Santiago y realizaron una asamblea para formular varios reclamos al gobierno. Entre ellos, la intervención en el mercado cambiario para hacer subir el dólar, cuya baja cotización, a tono con lo que ocurre en la mayor parte del mundo, está perjudicando los ingresos obtenidos por las exportaciones.
Ante la inquietud de los hombres de campo, Michelle Bachelet siguió dos cursos de acción: dejó en manos del vocero gubernamental, el ministro Secretario General de Gobierno, el manejo del problema en el ámbito de los medios de comunicación y orden público, e instruyó al ministro de Agricultura para que tendiera puentes de diálogo con los productores rurales. No hubo discursos presidenciales de retórica inflamada, ni se movilizaron las masas oficialistas contra la gente del campo. En cuanto al orden público, el portavoz de La Moneda fijó las reglas de juego con una frase contundente:
«El palo del policía no tiene color político; no es de izquierda ni de derecha».
Actualmente, el gobierno y los productores están conversando para resolver los problemas y las diferencias, y la reunión en la ruta no fue más que un gesto para llamar la atención de las autoridades; pero el episodio dejó en claro por qué Chile tiene una reputación internacional de país serio y confiable, más allá de las críticas y cuestionamientos a su modelo económico.
Michelle Bachelet y Cristina Fernández mantienen una amistad desde antes de llegar a ser primeras mandatarias y ambas asumieron el poder con intenciones de cambiar la forma de gobernar y hacer política, mediante el aporte de la perspectiva femenina. Sin embargo, y a la luz de sus comportamientos en situaciones críticas, parece evidente que solo una de ellas está concretando genuinamente esas intenciones. La mayor crisis del gobierno de Bachelet se produjo el año pasado, con el fracaso de un sistema de transporte público para Santiago, ideado durante el mandato de Ricardo Lagos. En respuesta al descontento popular, la presidenta cambió funcionarios, realizó alteraciones correctivas del plan y explicó las medidas en calmos discursos a la nación, después de admitir con toda franqueza y en todos los medios de comunicación, que se habían cometido muchos errores.
Bachelet no buscó apoyo en actos públicos; tampoco echó las culpas a alguna conspiración empresarial u oligárquica (la jerga de la lucha de clases de los años '70 no es utilizada en Chile ni siquiera por los comunistas, opositores al gobierno) y menos aún fustigó al periodismo. Sin desplantes autoritarios, reunió a todos los actores de la crisis, para buscar una solución en conjunto. Y si bien perdió varios puntos en popularidad, no trabajó para ganar en las encuestas, sino para resolver el problema.
Esa es la mujer que, pese a que su padre fue asesinado por la dictadura de Pinochet y ella y su madre sufrieron la cárcel y el exilio, en ningún momento ha utilizado los dolores del pasado para disculpar los errores del presente. Y menos para dividir a la sociedad.
Con sus trajes de sastre que son infinitas variaciones del mismo modelo, su corte de pelo práctico pero sin sofisticación y una silueta parecida a la de cualquier ama de casa, es capaz de arrodillarse espontáneamente para auxiliar a un escolar que ha sufrido un desmayo en un acto público, o de subirse a un camión o a un vehículo militar para recorrer una zona de desastre.
Así, no es de extrañar que en los sondeos de opinión su imagen personal salga siempre más favorecida que la gestión del gobierno.
Además, lleva una vida familiar tranquila y sin material para las revistas, junto a una hija que estudia en la universidad estatal y juega al fútbol femenino, otra que transita por la adolescencia con más calma que muchas jóvenes de su edad y un hijo que ocupa un puesto público de segundo nivel, obtenido por sus propios méritos.
De los dos ex maridos, uno —como lo contó la misma presidenta en una entrevista hecha recientemente por la televisión— está siempre a la mano para cumplir sus funciones de padre en las reuniones escolares, mientras el hogar es conducido con la ayuda de la madre de la mandataria, que parece ser un pilar de fortaleza y paz.
Si lo hicieron bien o lo hicieron mal, es tema de otro análisis, pero lo cierto es que los cuatro presidentes que Chile ha tenido desde la vuelta a la democracia demostraron y demuestran serenidad y racionalidad en el manejo de los asuntos públicos. Además, sus vidas privadas y su comportamiento en público han sido acordes a la dignidad que la institución presidencial tiene en Chile, una dignidad que es reconocida y respetada incluso por los más acérrimos opositores políticos.
Por eso, en este país se ve con preocupación y extrañeza lo que está sucediendo en Argentina.
Los chilenos hace tiempo que vienen soportando las consecuencias del peculiar «estilo K» de gobierno, por la reducción del suministro de gas argentino, debida pura y exclusivamente a la preeminencia que la Casa Rosada da a las consideraciones de política doméstica, en desmedro de las relaciones exteriores. Ahora es la carne la que puede tener un impacto en la economía de Chile, porque entre el paro del campo y la prohibición de exportar decretada por el gobierno de Cristina Fernández, se ha reducido al mínimo el flujo de un producto que hasta hace unos meses era provisto en más del 50% por Argentina.
Tales hechos, más las escenas vistas por televisión, de las turbas corriendo a gritos y los golpes en la Plaza de Mayo a ciudadanos que tenían igual derecho a estar allí, y los discursos de barricada hechos en varias oportunidades por la mandataria argentina, solo han venido a reforzar la imagen de país poco confiable que tienen los chilenos, imagen que a veces roza al Mercosur, aunque la seriedad de la conducción de Lula Da Silva en Brasil o Tabaré Vázquez en Uruguay equilibran esa percepción.
Para el diario La Tercera, el equivalente santiaguino de Clarín, «la forma en que se ejerció el liderazgo presidencial durante el conflicto con los productores rurales deja muchas dudas sobre el sentido de la dirección del país y la concepción del manejo de crisis que tiene el actual gobierno trasandino». Palabras más, palabras menos, esa es una opinión compartida, en público o privado, por muchos analistas y gente del gobierno.
Es que Argentina y Chile estarán gobernados por mujeres, pero aquí no hay una presidenta capaz de regalar a su hija un auto de 40.000 dólares en los mismos días en que se está gestando una crisis nacional. La mujer que conduce los destinos de los chilenos no pasa sus vacaciones en una suntuosa mansión, sino en una cabaña que heredó de su padre. Y ella, que sí supo de cárcel y torturas durante la dictadura militar, no necesita predicar el odio contra «las oligarquías» y «los golpistas» para lucir las credenciales de defensora de los derechos humanos o de líder progresista. Eso es lo que hace que Michelle Bachelet sea la presidenta Bachelet, de todos los chilenos, y Cristina Fernández sea Cristina Kirchner, presidenta de su marido, del piquetero D'Elía y de un «pueblo» que parece empeñado en construir una nueva sociedad sobre la base del revanchismo.